Cuaderno de Paleta

Cómo lograr un maquillaje editorial estilo etéreo para fotos de retrato

Maquillaje editorial estilo etéreo para fotos de retrato con piel mate y luz suave

El maquillaje editorial etéreo que quería ver en cada foto de retrato

Una sombra en crema se seca distinto sobre piel fría que sobre piel que acabas de calentar con los dedos. Eso lo aprendí probando y volviendo a probar, sábado tras sábado, buscando ese estilo etéreo de maquillaje editorial que veía en las revistas de moda y que nunca lograba replicar del todo. No hablo de brillo ni de purpurina: hablo de una piel que en la foto de retrato parece flotar un poco, como si no llevara nada encima. Llevo cinco años metida en esto de maquillarme sola los fines de semana, sin ser maquilladora de oficio ni cobrarle a nadie por ello, y esta sigue siendo la pregunta que más vueltas me da como belleza aficionada: ¿por qué algunas fotos de retrato se ven como si la modelo emitiera luz propia, y otras solo se ven cargadas?

Ese término, etéreo, lo escuché primero en un tutorial y después no pude sacármelo de la cabeza. Los sábados en que salgo a caminar por Paseo Gervasoni con una amiga que anda siempre con su cámara analógica haciendo fotografía callejera por los cerros, aprovecho para que me retrate contra la vista de los techos de zinc. Ella dispara casi sin mirar la pantalla, al ojo, y yo trato de que mi cara aguante ese tipo de luz que no perdona nada.

Texturas de sombra en crema para maquillaje editorial estilo etéreo bajo luz natural

¿Por qué el brillo mata el efecto etéreo?

Mucho antes de esto, en otra racha de sábados, probé un smoky eye con una sombra de pastilla bien económica que tenía guardada. Quedó grisácea, sin ninguna profundidad, como si me hubiera pasado un lápiz de carbón mojado por el párpado. Esa sombra no sostenía nada bajo la cámara: se veía plana, apagada, sin la sensación de que hubiera luz atrapada ahí adentro. Con el estilo etéreo pasa algo parecido si te vas al extremo contrario: si le metes demasiado iluminador líquido pensando que así vas a brillar como una aparición, terminas con una textura pesada que en la foto resalta cada poro en lugar de disimularlo.

Con el tiempo entendí que menos era más, cachái: nada de brillo parejo por toda la cara, apenas un par de puntos de luz mínimos y el resto de la piel en calma, sin ese aspecto de plástico. Los pasos exactos de dónde poner ese punto de luz ya los desarmé en otra entrada sobre las técnicas de piel con acabado efecto mojado, así que acá los dejo de lado. Lo mismo con esa forma de esculpir con sombra y luz que uso casi todos los sábados: da para su propio cuaderno, no para unas líneas de pasada.

Las cejas casi no existen en este estilo

Las cejas fueron otro round aparte. Si las marco mucho, como se estilaba hace un tiempo, el resto de la cara pierde esa cosa de ensueño que busco. Ahora las peino hacia arriba con un gel transparente, bien desordenadas, un poco inspiradas en las cejas estilo Hollywood clásico pero sin la parte prolija y calculada de esas cejas, más sueltas, como si no les hubiera prestado atención.

Nada de esto tiene que ver con el ala del delineado que hizo famosa Audrey Hepburn para ojos caídos, ni con el brillo controlado que se usa en el smoky eye editorial, ni con el delineado flotante que se ve en las fotos más artísticas, ni con ese truco de dibujar el pliegue como hacía Twiggy en los sesenta. Todo eso vive en otro cuaderno, con otra lógica de sombra. Tampoco es el momento de meterme con la preparación de piel para una foto de matrimonio, que tiene sus propias reglas porque ahí sí importa que aguante toda una fiesta, ni con el maquillaje años veinte que probé una sola vez, ni con esa discusión eterna de si lo editorial y lo de todos los días son, en el fondo, la misma cosa disfrazada.

Fallé varias veces antes de la quinta semana

Durante varias semanas seguidas, mis fotos de sábado salían con algo torcido. A veces era el color que desaparecía apenas la cámara lo capturaba, porque la lente absorbe gran parte de la saturación y lo que a simple vista se ve intenso, en la pantalla se ve como si no me hubiera puesto nada. Aprendí, a fuerza de repetir, que hay que usar tonos que compartan la tonalidad de la piel pero un paso más arriba en intensidad, como subirle el volumen a un susurro sin llegar a gritar.

Tampoco es el momento de escribir sobre cuánto dura un maquillaje editorial disimulado bajo la luz de una oficina, ni sobre cómo pintar un labial rojo perfecto al estilo clásico, ni sobre la luz dorada que tanto se usa para fotos de redes sociales, ni sobre el contraste en blanco y negro que copié una vez de una película antigua, ni sobre la técnica de underpainting que cambió cómo trabajo las sombras en otros looks, ni sobre cómo elegir entre ojo felino y ojo de cierva según la forma de cada cara. Esas son preguntas para otro sábado.

Para la quinta semana de esto, más o menos, empezó a pasar algo distinto. Al día siguiente de una de esas sesiones, mirándome sin nada de maquillaje frente al espejo del baño, me di cuenta de que en las fotos de la tarde anterior mis ojos se veían exactamente como me los había imaginado, sin que se notara que había sombra puesta. No fue una revelación grande ni nada así, fue más bien notar que por primera vez no tenía nada que corregir en esa parte de la cara.

Brocha plana usada en maquillaje editorial etéreo sobre un paño de algodón limpio

Encontrar el color justo para que la cámara no se lo coma

Probé un rubor color ladrillo contra el dorso de la mano antes de decidirme a usarlo en la mejilla, y me quedó una mancha rojiza pegada a la piel que me costó sacarme lavándome las manos dos veces. Ese gesto de probar contra el dorso de la mano se me volvió costumbre: si el color aguanta ahí, sin verse sucio, suele aguantar también en la cara bajo luz de tarde. Uso un fijador con olor a algo floral que compré porque estaba entre lo más barato del pasillo, y esa mezcla de olor y esa sequedad al tacto es la señal de que ya terminé y puedo salir.

La brocha de difuminar que más uso ya está medio gastada, un poco reseca en las puntas, y funciona mejor así: deposita el color como un suspiro en vez de un trazo. No necesito nada caro para esto, apenas algo que cueste menos que una entrada de cine, y ese detalle me gusta porque le quita al hobby esa presión de tener que gastar para verse bien.

Una tarde distinta en Paseo Gervasoni

Salimos con mi amiga una tarde a caminar por Paseo Gervasoni, ella con su cámara analógica de siempre, yo con la cara recién terminada. Cuando revisamos las fotos esa tarde, no tuve que retocar nada en la pantalla del celular después, y eso, para alguien que pasa la semana entre fichas de pacientes en la clínica, se sintió como haber ganado algo pequeño pero real. El maquillaje editorial estilo etéreo, cuando funciona, no se nota como maquillaje: se nota como una versión más descansada de la misma cara de siempre, la que una ve en las fotos de retrato y no termina de reconocer del todo, para bien.

Pantalla de cámara mostrando una foto de retrato editorial con fondo desenfocado en Paseo Gervasoni

Todavía me quedan pendientes varias entradas del cuaderno: la del maquillaje discreto que dura toda una jornada de oficina, la de elegir bien las técnicas de piel según la ocasión, la de las cejas más marcadas de otras épocas. Por ahora me quedo con esto: que la piel puede parecer que respira sin que nadie note el trabajo detrás, y que se llega ahí con más sábados de los que una cree, no con un truco único.